“El
discípulo la recibió en su casa” Jn 19,27
Encontrarnos con Cristo
es un nuevo nacimiento y por eso quien quiere seguir a Jesús necesita
de María, una Madre. Laura en el Colegio, en la casa de María,
se abre totalmente a la Virgen y siente su cariño maternal. Desea
con todo su corazón ser del grupo de las “Hijas de María”.
“María guardaba
todas estas cosas y las meditaba en su corazón.” Lc 2.
María calla para
escuchar la Palabra de Dios. Escucha también los acontecimientos
que le suceden para descubrir su sentido. Así también en
Laura en el silencio supo escuchar con el corazón la Palabra de
Dios.
Y María nos dice:
“Hagan lo que Él les diga.” Jn. 2, 5.
Por eso Laura se entregó
al Amor, con profundidad e intensidad. A Dios pidió la fuerza para
vivir, amar en la indiferencia y para dar sentido al sufrimiento.
Feliz Ortiz, un salesiano
amigo de Laura, escribió un articulo sobre ella en la revista “Flores
del campo”.
Junín de los
Andes, Abril 22 de 1910
¡ELLA ES MI MADRE!
Han transcurrido ya más
de seis años.
Lo recuerdo todavía
como si fuera entonces. Aun suena en mis oídos el eco de su voz.
Era el 22 de Enero de 1904.
Allá a pocas cuadras
de nuestra Misión, Laura se encontraba muy enferma, la niña
cuyas virtudes, que a menudo tocaron los limites del heroísmo, todos,
aun los más indiferentes en punto de piedad y religión, admiraban.
Día a día
sus amiguitas y compañeras de Colegio y cuantos la conocían,
concurrían a la humilde casita donde, en una humilde cama, se apagaba
aquella preciosa existencia. Sufría, y a pesar de lo intenso del
dolor, tenía para todos una sonrisa, una palabra de cariño.
Yo también fui a
visitarla. Estaba pálida pero sonrió al verme llegar, pareció
revivir; y tomando en sus manos la estatuita de Maria Auxiliadora que le
había llevado unos días antes dijo con un hilo de voz: “Es
María, es María quien me da alegría y fuerza en estos
momentos.”
Me acerqué a su cama,
y después de algunas rápidas preguntas, por saber cómo
estaba, a las que me respondió con la mayor serenidad, que no deseaba
otra cosa que ser como Jesús, le pregunté qué era
lo que más la alegraba en aquellos difíciles momentos. Y
ella, sonriendo siempre, me susurró casi al oído: "Lo
que más me consuela en estos momentos es el haber sido siempre seguidora
de María”. “Ella es mi Madre, ella es mi Madre, y nada me
hace tan feliz como pensar que soy Hija de María".
Sí; aun me parece
oír aquellas palabras:
"Ella es mi Madre, Ella
es mi Madre".
Ellas me revelaron todo el
misterio de su vida; de esa vida tan inocente, tan pura, tan tranquila,
más como un ángel.
Comprendí entonces
hasta dónde puede alcanzar el amor de un corazón cristiano.
No me extrañaron entonces sus virtudes, toda su vida de oración,
ni su cariño tan tierno al Corazón de Jesús y a la
Inmaculada, ni su profunda humildad tantas veces arduamente probada, su
presencia tan sencilla, ni sus aspiraciones tan vivas a la vida religiosa,
ni el sentido que le daba al sufrimiento; ni me extrañó tampoco
lo heroico del sacrificio que hiciera dos años antes, había
consumado ese amor que no conoce limites y que todo lo vence.
Y con aquel nombre bendito
de María, en los labios y la sonrisa en el rostro, entregaba serenamente
su alma a Dios Padre una hora después, y los que de cerca la habíamos
admirado la saludamos por ultima vez y decíamos con las lágrimas
en los ojos: "Ángel, virgen y mártir ruega por nosotros".
Un mensaje para todos los
que buscamos con fe: en Laurita encontramos un modelo, una guía
segura; una verdadera hija de Maria.
Podemos estar seguros que
en todo momento, María nos hará sentir la eficacia y dulzura
de su cariño maternal, como lo sintió la buena y querida
Laura, para mantenernos abiertos a la presencia de Dios en nuestro cotidiano
peregrinar.
Y con Laurita podemos
rezar:
Alégrate María,
que al recibir el anuncio
del Ángel
te has hecho madre del Verbo
de Dios.
Dichosa tú,
que meditando en silencio
su Palabra,
te has convertido en discípula
del Señor.
Te pedimos que,
por intercesión de
Laura,
nos concedas la Gracia de
una sabiduría que viene de Dios,
y la fuerza para seguir
con fidelidad tu Palabra.
Amén.
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