Una chica de hoy, de carne y hueso, que descubrió la hermosura de seguir a Jesús y de servir a los jóvenes. Un testimonio que vale la pena conocer, para que sigamos creyendo que los jóvenes tienen mucho para dar y que, si le abrimos el cauce, brotará un torrente de agua fresca que fecundará esta sociedad, a veces cansada y gastada que hemos hecho los adultos.
Hace un tiempo una propaganda acusaba algo que es dramático para la existencia humana. El spot publicitario decía: “Cuando se te muere tus padres te llaman huérfano. Cuando se muere tu pareja, te llaman viuda. Cuando se muere tu hijo, eso no tiene nombre”. Es tan desgarrador la partida un joven que hasta la sociedad lo ha costado nominar la partida de un ser querido a edad temprana.
Esta situación desgarradora la vivieron pocos tiempo atrás muchos jóvenes, amigos y familiares. En un accidente doméstico, partió rumbo al Padre, Juliana Segatori, con tan sólo 32 años de edad.
Juliana era profesora de lengua y generaba un torbellino de vida por donde pasaba. Además de dar clases en varios colegios era delegada de la pastoral juvenil nacional y formadora del Instituto Cardenal Pironio.
Por muchos años fue animadora del movimiento juvenil salesiano. Los fines de semana trabajaba en una villa de la ciudad de Bahía Blanca, acompañando a una comunidad cristiana.
La desazón que vivieron los que la conocían al enterarse de la noticia, fue muy grande. Su velorio hizo reconocer en quienes estuvieron que Juliana supo sembrar en los que la rodeaban la semilla de la esperanza. Ella sigue viviendo en tantos gestos –como frases, canciones, chistes- que ahora también habitan, como dice Eduardo Galeano, en los que al acercarse a ella se encendieron.
Inmediatamente de recibir la noticia, el Padre Manolo Cayo, superior de los salesianos del norte argentino, escribió una sentida carta que compartimos.
Formosa, 17 de abril de 2010, 00:30 hs.
Querida Juli:
No puedo irme a dormir en este día sin escribirte unas líneas. Siento la necesidad de ponerle palabras a todo lo que siento en este momento. Desde hace unas horas atrás, cuando el teléfono se llenó de mensajitos y la voz de Pamela quebrada me daba la noticia que me dejaba helado, tieso, incrédulo, rebelde…
Hace quince años quiso Dios que nos cruzáramos. De ahí en adelante, no dejamos de querernos, acompañarnos, divertirnos y crecer… Te vi volar, dar lo mejor de vos, sentí que eras mi hermana y mi amiga, aquella que me ayudaba a sacar lo mejor de mi ser salesiano y a corregir los defectos de vocación que tenemos los del gremio clerical. ¡Cuánto me ayudaste!
Compartimos sueños que siempre fueron agrandándose: un Movimiento Juvenil Salesiano (MJS) nuevo, una Iglesia nueva… una sociedad nueva… No había límite que te contuviera, ni razón que te tirara abajo las ganas de expandir más tu conciencia, tu libertad y tu corazón.
Sufriste por ser frontal, por “irte siempre de boca cuando hacía falta”, como dice la Parodi. Pero viviste la libertad más plena, esa que nace de ser fiel a lo que uno sueña y le apasiona. Con vos viví y experimenté eso que a veces queda en lindos eslogans: “Los jóvenes son el rostro de Dios para nosotros”. Fuiste para mí un rostro chispeante, cuestionador, inquieto, femenino, jocoso, cercano, vital, poético… de ese Dios que nos sale al encuentro en personas como vos.
Compartimos dolores y alegrías en partes iguales. Pero me encantó que pudiéramos pasar juntos muchos tiempos gratuitos de charla, mateadas, delirios filosóficos-teológicos-literarios, encuentros en los que nos alegraba serenamente el estar divagando, preparando algún encuentro, reflexión, celebración… o simplemente charlando de la vida y sus vueltas.
Tu pasión por el Barrio, la Villa, los pibes más reos de la escuela. Tus esfuerzos de inclusión, de meterte en su mundo, de ser más que la profe de lengua. Tu militancia diaria, constante, desde la educación. Es otro rasgo de tu figura que emerge con fuerza en este momento y que honro hondamente en tu memoria.
Al recordarte, siento que es cierto lo que dice Benedetti: “Mientras revivo, acuden primaveras a mi memoria”.
¿Cómo no nos va a doler el corazón y sentir un desgarrón terrible al saber que no te vamos a tener a mano por un tiempo; que vamos a sentir tu presencia, pero no vamos a poder darte un abrazo, o leer juntos una poesía, o compartir con vos otro encuentro, o discutir criterios y cuestiones que nos hagan ser más parecidos al Jesús del Evangelio? ¿Cómo no extrañarte hermana, amiga, hija querida del alma? ¿Cómo no sentir bronca de estar tan lejos y no poder llegar a darte mi último adiós? ¿Cómo no estar peleado con el de arriba, que te quiso tan temprano cerca suyo?
Al rato que me enteré la noticia de tu partida, tuve que encontrarme con la coordinadora del MJS de Formosa. Ahí me quebré. Fue imposible no recordarte en la coordinadora del Don Bosco, o en el Equipo Inspectorial, o en las asambleas… Les conté a los chicos por qué estaba tan triste y ellos se hicieron uno conmigo. Rezamos por vos, aunque me costaba pronunciar las palabras… De ahí fui a la Misa, con la gente de esta comunidad formoseña y les tuve que compartir que mi amiga se había ido, por eso me costaba hablarles. Lo que sí me salió fue decirles que la fe en Jesús Resucitado, nos tiene que hacer abrazar la Vida. Que si la fe en Dios nos vuelve temerosos, mediocres, miedosos de vivir a fondo, no estamos creyendo en el crucificado que volvió de la muerte más profunda, sino en una marioneta de Dios. Ese es el testimonio más preciado que recojo de tu vida, querida Juli.
Me imagino cómo estarán tus padres: ¡Tanto te querían! ¡Cómo andará Sol, tu hermana de sangre y del alma! Trato de repasar los rostros de todos los que estarán despidiéndote. A muchos de ellos les dije que te despidan en mi nombre. ¡La pucha, no puedo estar! ¡Cómo deseo estar ahí! ¡Vos me sabrás comprender!
En fin, como decía también el poeta uruguayo: “Después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida.”… ¡Vaya que hubo vida! ¡Abundante! Esa vida no se puede apagar. Seremos testigos de lo que vivimos con vos, lo contagiaremos con tu misma pasión. Y sabemos que algún día volveremos a encontrarnos y nos daremos un largo, apretado y prolongado abrazo… contenidos por los brazos de Dios Padre y Madre.
Saludos a tus lelos… Don Bosco ya te habrá salido al encuentro para agradecerte tanta adhesión a su camiseta y, sobre todo, a su carisma.
En nombre de todos… ¡¡Te quiero mucho Juli!! ¡¡HASTA SIEMPRE!!
Tu hermano-amigo entrañable…
Manolo