En primer lugar, encierra un salto de calidad del compromiso cristiano. Una cosa es ser, permanecer, estar (habitante) y otra cosa es comprometerse en un proceso de participación que contribuya a los cambios sociales que permitan una mejor calidad de vida de nuestros compatriotas que menos tienen, menos pueden o menos saben (ciudadano).
Ahora bien: ¿Qué entendemos por participación? Se habla de participación cuando asistimos a reuniones, salimos a la calle a manifestarnos, nos negamos públicamente a comprar o a hacer o a decir algo que la mayoría considera correcto, cuando votamos en procesos electorales, o cuando ejecutamos tareas sociales como campañas de alfabetización, de vacunación o trabajamos con niños o jóvenes, entre otras. Son formas de participación, pero, a mi entender, la máxima expresión de la participación se da cuando intervenimos en la toma de decisiones que afecten e involucren a otros, en el control de la ejecución de esas decisiones y en el mantenimiento en el tiempo de las medidas que se adopten. Hoy por hoy nuestra sociedad no tiene una práctica de la participación en este sentido, debido a un sinnúmero de factores que se interrelacionan entre sí, como el descreimiento, la cultura clientelar y de favores, el verticalismo y autoritarismo corporativo, el miedo, la intolerancia, la incapacidad de escucha y el exceso de pragmatismo, entre otros, factores que atentan contra la cultura protagónica que necesita una democracia auténtica y que terminan instalando la cultura de la queja y la falta de preocupación por la cuestión pública.
En segundo lugar, es salir de esa cultura que produce bronca, hartazgo, cansancio, recelo contra lo público, que genera una actitud -como si fuera la única posible- desde la cual se termina creyendo que las cosas tendría que solucionarlas otro para que el país sea de otro modo, para pasar a otra de mayor protagonismo colectivo. Por lo general, frente a un tema, nos decepcionamos y con eso creemos que hemos hecho nuestro aporte. No alcanza. Somos también responsables de no ocuparnos del tema, de no organizarnos para encontrarle solución. Despotricar contra los políticos puede darnos autoridad, puede parecer que uno es mejor que ellos, pero si en los hechos uno no hace nada, no tiene sentido la queja.
Y en tercer lugar, poner en un nivel de importancia a lo público y, por ende, a lo político. No hay que tenerle miedo. Juntarse con otros para dar pasos concretos en la búsqueda de soluciones creativas a los problemas que padecemos, implica un servicio útil para la gente y para la realidad cotidiana, que se pone más que interesante cuando hay personas que trabajan para mejorarla. Hay que acercarse a la política. Supone para la Sociedad Civil recuperar la conciencia política, que tiene que ver con la preocupación y actuación sobre la sociedad. La política no es propiedad de los Partidos Políticos. Politización no es lo mismo que Partidización. Una persona se politiza o adquiere conciencia política en la medida en que deja de centrar toda la atención en sus problemas individuales o de grupo y empieza a verlos desde una concepción más amplia: una persona que sobrepasa los estrechos límites de su sector y asume como suyos los intereses globales de la sociedad de la cual forma parte.
Uno de los caminos posibles para la construcción de una cultura de ciudadanos, es la creación de canales de participación institucionalizados no sujetos a los vaivenes de los gobiernos de turno sino que perduren en el tiempo, que tomen en cuenta que la participación es un proceso, que no se decreta desde arriba, sino que implica un largo aprendizaje, una lenta transformación cultural, a la cual hay que apostar para una mejor relación Estado-Sociedad. Los frutos no se cosecharán de inmediato pero redundará en una mejor calidad institucional, con la existencia de un Estado activo que da respuesta a las necesidades de la gente, y una sociedad más madura capaz de hacerse cargo de las problemáticas comunitarias.