La Patria forma parte de sus dones. Por eso, de algún modo, es también algo sagrado. Y lamentablemente, tantas veces profanada. Al celebrar el bicentenario, estamos invitados a hacer memoria de nuestra historia y a seguir haciendo historia hacia el futuro.
Todos los que habitamos en este suelo estamos embarcados en la misma nave. Somos responsables de lo que nos pasa. No podemos buscar el recurso fácil de echarles las culpas a otros. Y, por lo tanto, llamados a hacernos cargo de nuestro presente y de las cosas que vivimos.
La Patria es la obra de todos. En la medida en que la sintamos como algo que nos pertenece (aunque no hayamos nacido en ella), nos sentiremos motivados a quererla, respetarla, construirla cada día.
Ella nos necesita. Necesita nuestra valentía, nuestra inteligencia, nuestras manos. La Patria somos nosotros. Y, si bien es cierto que la patria no la fundamos nosotros, sino que la encontramos, es cierto también que la Patria se va haciendo cada día. No es algo hecho de una vez para siempre.
Hacer memoria quiere decir reconocer nuestro pasado y sentirnos agradecidos por lo que otros –los que nos precedieron- hicieron por nosotros.
Pero quiere decir también tomar con coraje y decisión nuestro presente, para encauzarlo y transformarlo.
Hoy hay mucha gente que no está contenta de la Patria. Pero tenemos que hacer algo más que quejarnos. Si hay muchas cosas que no nos gustan, tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo y qué más podríamos hacer para cambiar esta situación.
Todos somos responsables de lo que nos está tocando vivir. Si la familia está en crisis, tenemos que preguntarnos qué hacemos para mejorar nuestras familias. Si nuestros jóvenes son hoy tan vapuleados por la cultura del consumo y por la violencia, qué estamos poniendo nosotros para ayudarlos y alentarlos. Si en la sociedad se pierde el sentido de los valores que dignifican la vida, en qué nos empeñamos para restituirlos y ponerlos de pie nuevamente.
Tenemos que volver a creer en la Patria. Y esto significa también creer en nosotros mismos y en nuestras posibilidades de ciudadanos. Pero significará también y sobre todo, volver a poner nuestra mirada en Dios. Porque sin Él nada es posible. Y corremos el peligro de quedarnos solamente en los buenos deseos, que ya son algo, pero que solos no alcanzan.
Jesús Resucitado, que ha vencido a la muerte, nos muestra el camino y nos da la fuerza que necesitamos para recorrerlo. Él es nuestra única garantía. Él es el único del cual podemos estar seguros que nunca nos va a defraudar.
Y Él nos va dar su Espíritu para que nos ilumine y nos ayude a discernir y a actuar.
Para que podamos sembrar, aunque no veamos los frutos. Para que podamos ver los pequeños brotes que nos dicen que no todo está perdido. Para que podamos alegrarnos de la obra que Él sigue haciendo silenciosamente en los corazones que se abren.
La lucha es brava, pero es hermosa. El está con nosotros. Basta que nosotros estemos con Él.
Feliz Bicentenario y hasta la próxima.
P. Ricardo